domingo, 10 de octubre de 2021

El desierto habitado

 

                                    El desierto habitado

Se aproximaban las fiestas de Navidad y no teníamos el cuerpo como para celebrar esa farsa de amor, amistad y convivencia. Siempre me ha parecido una parodia basada en el nacimiento de un hombre-dios que, al final, no es más que la apropiación de festejos paganos, esencialmente romanos; la iglesia católica es maestra en eso de quedarse con lo que no le pertenece de ningún modo.

            Generalmente me suelo quitar de en medio y viajo a los sitios más escondidos y recónditos por dos razones principales: para evitar reuniones y compromisos no deseados y para visitar los lugares más apartados sin tener que soportar la presencia de esos elementos discordantes de Naturaleza y de las ciudades que se suelen llamar turistas. En esta época se hacen sedentarios y las masas se quedan en casa o van a las casas de los abuelos a celebrar un no sé qué de sentimientos amorosos familiares que se suelen olvidar a los pocos días de terminar los festejos.

            En esta ocasión decidimos recorrer el Atlas y el desierto marroquí. Concretamente subir al D´Jebel Toubkal y dirigirnos posteriormente al sur del país y pasar unos días en el Sahara entre Zagora y Merzouga.

            Una vez pasada la frontera de Ceuta, decidimos ir hacia la costa atlántica, pero antes mi compañero de viaje recordó que en un recóndito rincón de la sierra había escondido una pequeña piedra de hachís, restos de un viaje anterior. Mejor que si lo hubiese registrado como un “waypoint” lo encontró tras una pequeña búsqueda y continuamos el viaje. Al poco decidió fumarse un cigarrito de esos y tan tranquilos íbamos cuando en un cruce de carreteras nos dio el alto una pareja de gendarmes marroquíes. Como era él el que conducía, uno de los policías se dirigió hacia la ventana del conductor y éste, de forma rápida y a escondidas, me pasó por debajo el dichoso porro. Yo no fumo ni siquiera tabaco así que, con los nervios, no sabía ni como coger ni esconder el cuerpo del delito. Para colmo, el otro gendarme se dirigió hacia mi ventana, lo que incremento mi natural estado de nerviosismo. Era un control rutinario y tras unas breves preguntas y un desganado vistazo al interior se retiraron y nos permitieron continuar el viaje. Tras arrancar de nuevo la furgoneta, mi compañero me preguntó cómo había ocultado el “petardo” y como había hecho para que ninguno de los dos gendarmes hubiese advertido nada sospechoso dentro de la furgo. Como respuesta le enseñe las dos quemaduras que me había hecho en los dedos pulgar e índice de la mano derecha, heridas que me darían molestias para el resto del viaje. Todavía no entiendo como no detectaron el intenso olor del interior. O quizá sí, pero ya estarían acostumbrados y pasaron del tema.

            Sin más incidentes destacables y casi sin detenernos más que para lo indispensable seguimos viaje hasta el Alto Atlas. Tras cruzar sin parar en Marraquech, emprendimos la subida hasta el puerto de montaña que nos llevó hasta la base del Toubkal. Los paisajes de la alta montaña marroquí son auténticamente deslumbrantes. Dedicamos el siguiente día a subir todo lo posible por la poderosa montaña, aunque sabíamos que no podíamos tocar cumbre debido a la escasez de equipo y la cantidad de nieve y hielo en sus laderas. Llegamos hasta un refugio donde ya nos avisaron de las condiciones extremas de las alturas y después de deambular por los alrededores y tomar algún refrigerio iniciamos el descenso y llegamos a punto de cenar y dormir en la furgoneta, nuestro hotel en todo el viaje.

            Al día siguiente, después de recorrer algunos de los valles cercanos, paramos a descansar y se nos acercó un paisano del lugar ofreciéndonos comida tradicional autóctona en su vivienda. Dispuestos a experimentar y conocer la forma de vida de los habitantes de tan apartadas tierras, aceptamos encantados, tras fijar de antemano el precio, cosa que en Marruecos es de obligado cumplimiento si no quieres tener postreras sorpresas.

¿Queda muy lejos tu casa? – preguntamos usando el lenguaje particular de signos y expresiones corporales que se utilizan en estos casos, aunque conocíamos de sobra la respuesta: - No, está bastante cerca.  El concepto de “cerca” en el ambiente rural tiene un significado distinto al que se suele usar con otras formas de conocimiento. No busquemos paridad en el significado porque no lo hay. El pueblo, cercano según él, estaba al otro lado de un profundo valle por el que circulaba un riachuelo de aguas cristalinas que saltaba y brincaba entre las rocas del fondo. Integrado totalmente en el paisaje no dejaba de ser una humilde aldea cuyas casas de adobe tenían el mismo color pardo rojizo de las tierras que la rodeaban. Para llegar a ella había solo dos maneras tradicionales de acceder: o andando o en mula. Como no teníamos mula alguna no nos quedó otra opción que bajar al valle e iniciar la escalada por un sendero estrecho y zigzagueante que desembocaba en el pueblo. En toda la subida nos repitió varias veces el menú : - Couscous avec poulet; couscous avec poulet.

Una vez llegados a la aldea y tras un breve descanso para recuperar el resuello, nos llevó a su humilde casa y ocupamos un pequeño recinto donde una mesita y algunos cojines en el suelo hacían las veces de improvisado comedor. Nos puso una jarra con agua, algunos panecillos y esperamos un rato para las viandas. Supongo que ya las tenían preparadas de antemano porque al poco tiempo llegó con una enorme fuente de cuscús, asomando por doquier vegetales tales como zanahorias, coles, garbanzos, etc., y en lo alto del culmen, como dos montañeros que acabaran de alcanzar la cumbre de una difícil montaña, asomaban dos estrechas, exiguas y esqueléticas partes de una pechuga de pollo. No nos había mentido. Era un couscous avec poulet. Tan solo habíamos confundido las cantidades.

Tras algunas travesías menores por la base y los valles de la imponente mole del Toubkal nos dirigimos hacia el sur, destino a las dunas de Zagora, situada en el valle del río Draa. Allí visitamos la ciudad  y nos hicimos la correspondiente foto junto al cartel que anunciaba a las antiguas caravanas la distancia de su destino en función del tiempo: “Tombouctou 52 jours”.

Decidimos hacer la ruta hacia Merzouga evitando en lo posible las carreteras e hicimos la mayoría del trayecto por carriles y caminos casi intransitados salvo por algunos pocos locales con sus dromedarios que, al pasar, nos miraban con extrañeza y, a la vez, nos trataban con la amabilidad propia de la gente del desierto. Cerca de Merzouga (cerca, también en el desierto, es una forma de hablar relativa) decidimos circular por una zona de hamada llana que nos pareció segura; a lo lejos se podía adivinar entre la bruma el erg y las siluetas de las dunas adonde nos dirigíamos.

Todo se desarrollaba a la perfección, el motor de la furgo Mercedes rugía con regularidad matemática, no se divisaba vida alguna hasta donde alcanzaba la vista y hacía un día maravilloso. De súbito, el morro de la furgo se hundió en el suelo y las ruedas comenzaron a patinar hundiéndose cada vez más en la arena. ¿Cómo era eso posible si la hamada es el desierto de piedra con el piso firme como el asfalto de una carretera? Nos bajamos y al instante comprendimos que el aparente firme no era más que unos pocos centímetros de arena que al meteorizarse por efecto del frío y del calor, el viento y la escasa lluvia que a veces cae en el desierto, se había compactado formando un simulacro de roca dura que, al paso de la furgo, se había quebrado dejándonos con las dos ruedas delanteras, las tractoras, hundidas en la arena. Llevábamos una pequeña pala plegable con la que intentamos hacer un surco en la arena y retroceder hasta la zona donde el piso parecía más firme, pero según íbamos cavando y retrocediendo, las ruedas se hundían cada vez más. Sudando a chorros y casi deshidratados, al punto de caer en la desesperación, nos pareció oír a lo lejos un susurro leve que aparecía y desaparecía según el viento, como un pequeño motor. Pensamos enseguida que no era más que una especie de espejismo sonoro producto de nuestra imaginación febril intentando buscar soluciones al problema al que nos enfrentábamos. Ya estábamos intentando el difícil e inseguro sistema de enterrar profundamente la rueda de repuesto y con el cabo de remolque enganchado y girando en una de las ruedas tractoras ir sacando centímetro a centímetro el vehículo de aquella especie de arenas movedizas donde nos habíamos metido, cuando el sonido del pequeño motorcillo se hizo mucho más claro y audible. A lo lejos pudimos divisar una discreta nube de polvo que se dirigía y acercaba poco a poco a nosotros. Comprobamos al punto que se trataba de una pequeña moto en la que un paisano portaba a ambos lados de los costados de la misma una pala de grandes dimensiones y una recia tabla de madera afianzadas por sendas cuerdas. ¿Cómo era posible que nos hubiese localizado en aquellas inmensidades que nosotros presumíamos totalmente vacías de personas? Comunicándonos en esa especie de torre de Babel que se utiliza en el desierto, mezcla de francés, español, inglés, y expresiones de cortesía árabes y tamazight, nos confesó que no éramos, ni mucho menos, los primeros en verse en esa situación y que ya había ayudado a otros, a los que divisaba desde su pequeña aldea situada a media montaña, junto a una mina. Definitivamente el desierto sí que está habitado.

Cavando con la pala grande y colocando la tablazón de madera bajo una de las ruedas, en unos veinte minutos estaba la furgoneta en terreno seguro y nuestro ánimo había subido ya un montón de grados. Agradeciéndole de todo corazón su inapreciable ayuda le preguntamos cuanto le debíamos por el servicio y nos contestó que nada, aunque añadió de seguido que en un bolso llevaba una pequeña cantidad de fósiles del desierto y que, si queríamos, le podíamos comprar algunos. Magnífica estrategia comercial la suya porque, además de adquirir sin regatear algunos de los ejemplares que llevaba, le dejamos una generosa propina y nuestra admiración y reconocimiento más profundo por su ayuda.

En el resto de la ruta hacia el erg Chebbi y Merzouga nos cuidamos ya muy mucho de no abandonar los carriles y sin más inconvenientes llegamos a la zona donde pasamos unos días andando por las dunas, durmiendo en el desierto y visitando la famosa laguna temporal, unas veces árida y seca y otras llenas de vida con anfibios y aves acuáticas por doquier.

Se nos acababa el tiempo y teníamos que volver con relativa rapidez, pero decidimos parar en Marraquech, Yo ya conocía la ciudad de otros viajes, pero mi compañero tenía interés en echar un breve vistazo. Llegamos de día y pudimos ver el centro, la bulliciosa Medina, la Koutubia, torre gemela de la Giralda y la magnífica plaza de la Djema el Fna, llena de contadores de historias, vendedores ambulantes, encantadores de serpientes, aguadores, macacos amaestrados, músicos, etc. Por la noche, la plaza se transforma y se convierte en un inmenso muestrario de comidas tradicionales en un sinfín de pequeños puestecillos apelmazados donde los pregoneros, a voz en grito, proclaman las excelencias de sus brochetas, caracoles, hariras, frutas, pastelas y otras innumerables viandas.

Cansados como estábamos volvimos a la furgoneta y salimos del centro de la ciudad y buscamos un lugar tranquilo y silencioso para dormir junto a las antiguas murallas, ya que al día siguiente nos esperaba un largo viaje hacia Tánger para coger el ferry de vuelta a la península.

Ya estábamos a punto de acostarnos cuando vimos las luces de un coche sin ningún tipo de identificación oficial que se detuvo junto a nosotros y bajaron de él dos personas vestidas de calle, a la europea, que se dirigieron hacia nosotros y casi inmediatamente llegó un coche de la gendarmería marroquí de la que bajaron también otras dos personas, pero esta vez uniformadas. Uno de los primeros, con toda seguridad policía secreta, se dirigió a nosotros en francés, nos preguntó que hacíamos allí, se lo explicamos como pudimos y nos requirió los pasaportes. Se los dimos y se fue hacia el coche patrulla y lo oímos hablar con los otros tres en árabe, con lo cual no nos enterábamos absolutamente de nada. Tardaron en volver unos quince minutos que a mí me parecieron eternos y yo ya me veía pasando la noche en un calabozo de la policía marroquí sin entender muy bien que norma o ley, al parecer, habíamos infringido. Muy al contrario, nos devolvieron los pasaportes y de forma muy amable nos dijeron que nos teníamos que marchar de allí, que no podíamos pernoctar en aquel lugar. Ante nuestra cara de extrañeza, porque nos había parecido que allí no molestábamos a nadie ni estaba prohibido aparcar, nos dijo en un francés que entendimos a la perfección: - Pour votre propre sécurité.

Al parecer nos habíamos metido sin querer y como auténticos pringadillos en la mismísima boca del lobo, en una de las zonas más peligrosas de la ciudad. Nunca agradeceré lo suficiente a esos policías el susto que nos dieron aquella noche. Salimos de allí, nos metimos en un aparcamiento oficial dentro de la ciudad y dormimos como lirones.

 

 

 

 

           

jueves, 21 de enero de 2021

La ingravidez y la transubstanciación

 

Antes de llegar, púber, a un instituto de bachillerato de carácter público, mis padres consideraron oportuno que ingresara en un colegio de los padres salesianos donde pase cinco años de mi infancia. En aquella época de plena dictadura y con las características propias de un centro educativo católico, la religión estaba presente en cada faceta de nuestras infantiles vidas. Teníamos catecismo, Historia Sagrada, misa todas las mañanas antes de empezar las clases, visita al Santísimo al medio día y rezo del rosario por las tardes. Los lunes por la mañana nos preguntaban por el color de la casulla que había llevado el cura en la misa del domingo, de que había tratado la lectura y que cuestiones habíamos aprendido de la homilía. De esa manera controlaban si habíamos asistido o no a la santa misa dominical. Evidentemente antes de entrar en el centro nos pasábamos tan vital información unos a otros. De tarde en tarde también nos caían unas jornadas de reflexión en forma de Ejercicios Espirituales.

            De toda aquella eclesiástica parafernalia, cuyas insensateces teníamos la obligación de creer a pie juntillas, algunos conceptos, ideas y sensaciones siguen brincando en mi cerebro a pesar del más de medio siglo transcurrido desde que abandoné dicho centro.

            Una de ellas era la historia que nos contaban los curas salesianos sobre la vida de Santo Domingo Savio. Un modelo a seguir. Este muchacho fue acogido por D. Juan Bosco, fundador de la Orden y que es el único santo infantil no mártir pues murió con 14 años. Su lema era “antes morir que pecar” y es el patrono de las mujeres embarazadas pues al parecer, tenía una especie de escapulario que, al colgar del cuello de las señoras encinta, les aliviaba de los dolores y molestias que conllevaba su estado. Pues bien, era tal el estado de éxtasis, arrebato pasional, obnubilación y concentración meditativa que, según los curas nos contaban, algunas veces después de comulgar era posible verlo levitando a media altura sobre el suelo, ajeno a todas las leyes de la física, especialmente la gravedad.

            Esta historia a mí me encantaba y muchas veces me propuse replicar el experimento. Estaría guay flotar en el aire y sentir la ingravidez de los astronautas en el espacio pero, por más que me concentraba al comulgar, jamás fui capaz de separar mis pies ni un miserable centímetro del suelo. Por lo que se ve esta capacidad estaba reservada para unos pocos privilegiados entre los cuales, evidentemente, no me encontraba.

            Otra fuente de incongruencia y frustración cognitiva que me quedó de esos infantiles tiempos era poder entender aquello de la transubstanciación. Yo había dado por perdida la reflexión y el entendimiento sobre la Santísima Trinidad. No eran tres dioses sino uno solo, aunque con mis ojos siempre veía en las representaciones un viejo, un joven y un palomo. Los curas ya se encargaban de quitarnos la idea de querer entender aquello; por definición era un misterio incomprensible para los pobres humanos, un dogma, así que o te lo crees o no eres de los nuestros. Pero aquello de que un trozo de pan ácimo con apariencia, tacto, textura y sabor parecido a un barquillo, se convirtiese nada menos que en Dios tras la pronunciación de una especie de sortilegio mágico que emitía el sacerdote con toda solemnidad, me parecía fabuloso.

Yo podía haber entendido que aquello fuese un símbolo o imagen que representara a Dios, como, por ejemplo, la zapatilla de mi madre que era todo un símbolo de obediencia, respeto, educación y cumplimiento de la normativa disciplinaria familiar, pero no, aquel trozo de pan se convertía en la mismísima divinidad que llegaba allí mediante un complejo proceso llamado transubstanciación.

El mismo término en sí ya venía envuelto en un aura de espiritualidad transcendente. Fue definido como dogma en el concilio de Letrán en 1215 para designar el espectacular cambio  de la substancia pan en el cuerpo de Cristo. Yo entonces creía entender que, en un acto de antropofagia (en este caso, Teofagia) figurada a quien te comías era al joven, a la segunda persona, pero como son tres en uno igual también deglutías en el mismo acto al mayor y al palomo. Vaya usted a saber ¡era dogma de fe! un concepto alejado, por tanto, de cualquier intento de conocimiento científico.

Una vez producido aquel maravilloso acto, que se repetía y se sigue repitiendo diariamente en miles de iglesias por todo el planeta , y que los trocitos de pan se transubstancionase en millones de Dios, me fascinaba la concentración y la pulcritud con que los sacerdotes limpiaban una y otra vez los restos de hostias y de vino que hubiesen quedado en cálices y patenas sagradas que tuvieron el privilegio de portar el cuerpo y la sangre de Cristo, la segunda persona de Dios, o del trio, vaya usted a saber, otra vez. Pero aquella abnegada devoción en la limpieza de los recipientes sacros, hasta que no quedara ni un ápice de Dios en ellos, contrastaba con el destino final de aquellas hostias que habían sido depositadas en la boca de los píos feligreses. Me explico. Una vez que los alimentos pasan de la boca al tracto digestivo, se van transformando en distintos jugos tales como el quilo, el quimo, etc. A lo largo del trayecto se absorben los nutrientes y parte de lo ingerido sale al exterior, como todos sabemos, en forma de heces fecales. Dichos restos están formados por los residuos de toda clase de alimentación que el cuerpo haya tomado por la boca y, sinceramente, si encontramos allí parte de lo transubstancionado no me parece que los colectores pestilentes sea un lugar adecuado para acumular allí restos de ninguna divinidad, aunque sea en forma molecular o atómica. Esto contrasta con la pulcra y exhaustiva limpieza previa de los utensilios sagrados que se hace a la vista de los fieles, mientras estos han comenzado el tránsito digestivo de Dios.

Seguramente ya habrá otro dogma, desconocido para mí, que regula la transformación de la substancia justo hasta que comienza el proceso digestivo y vuelva ya a ser un trozo de pan sujeto a las propias leyes de la biología de los seres vivos. Porque si no existe, tenemos aquí un agudo problema escatológico, en ambos significados de la palabra.

 

 

           

Pd. Escatología:

1. f. Conjunto de creencias y doctrinas referentes a la vida de ultratumba.

2. f. Uso de expresiones, imágenes y temas soeces relacionados con los excrementos.

domingo, 4 de octubre de 2020

JOSÉ DE ESPRONCEDA Y EL TÍO DE LA TIZA

 

Canción del pirata

Con diez cañones por banda,
viento en popa a toda vela,
no corta el mar, sino vuela
un velero bergantín

bajel pirata que llaman,
por su bravura, el Temido,
en todo mar conocido
del uno al otro confín.

Los Duros Antiguos

Aquellos duros antiguos

que tanto en Cádiz dieron que hablar

los encontraba la gente

en la orillita del mar

fue la cosa más graciosa

que en mi vida

he visto yo


Cuando pensamos en piratas, nuestra imaginación se dirige, casi de inmediato, al mar y las islas del Caribe, quizá por la influencia que han ejercido la literatura y el cine que, a lo largo del tiempo, han ido modelando esta imagen en el imaginario colectivo. Pero piratas han existido, y aún existen, en muchos mares con mayor o menor incidencia en las poblaciones costeras locales. También en el mar de Alborán, Estrecho de Gibraltar y Golfo de Cádiz han tenido lugar terribles correrías de corsarios y piratas.

De estos últimos, el que más nos interesa conocer, por el tema que nos ocupa, fue un pirata gallego que capitaneaba, allá por finales del siglo XIX, el barco “La Burla Negra” y cuyo nombre era Benito Soto. Tras abordar, asaltar y pasar a cuchillo a las tripulaciones de numerosos barcos en aguas del Atlántico decidió poner rumbo al Sur y planear su derrota hacia el Estrecho, pensando en obtener numerosos y fáciles botines dado el intenso tráfico marítimo que existía en la zona.

Según diversos autores, este personaje fue la inspiración para que José de Espronceda compusiera su archiconocida poesía “La Canción del Pirata”

Ocurrió que, llegando a Cádiz, con mala mar, el piloto de “La Burla Negra” cometió un fatal error de bulto confundiendo las luces de los faros y encalló el buque en la zona de Cortadura, cerca de donde hoy se encuentra el Ventorrillo del Chato. Sin posibilidad de reflotar el barco, los tripulantes enterraron las riquezas acumuladas tras sus correrías y huyendo de los carabineros se refugiaron en Cádiz. Al poco tiempo fueron descubiertos y capturados, menos el capitán que logró huir y refugiarse en Gibraltar. Ninguno de ellos reveló el lugar exacto de la localización del tesoro, ni siquiera momentos antes del acto de ahorcamiento colectivo que tuvo lugar en las Puertas de Tierra. En cuanto al capitán Benito Soto, fue identificado en Gibraltar y extraditado a España, donde corrió la misma suerte que sus compañeros, aunque tampoco reveló el lugar de enterramiento de las riquezas obtenidas en sus acciones de piratería.

Tras el correr de los años, a comienzos del siglo XX, un trabajador, cavando con una pala, encontró unas monedas de plata que intentó mantener en secreto, aunque los compañeros no tardaron en enterarse del hallazgo y llevaron monedas y noticias a la ciudad de Cádiz. Allí se corrió la voz y, poco tiempo después, se podía ver en la playa cientos de personas excavando en la arena como poseídos utilizando todo tipo de utensilios. Las monedas eran reales de a ocho acuñados en México y de curso legal en aquel entonces. Algunos tuvieron éxito en la búsqueda u otros muchos no lograron más que puñados de arena. Ninguno se hizo rico en aquella aventura. Según los datos, se trataba de parte del tesoro de Benito Soto que los temporales se habían encargado de desenterrar y esparcir por toda la playa.

Al año siguiente, en el Carnaval, el coro de “Los Anticuarios” cantaba un tanguillo titulado “Los duros antiguos” compuesto por Antonio Rodríguez “El Tío de la Tiza” donde se narraba con la proverbial guasa gaditana el desarrollo de la locura colectiva que desató la búsqueda en la playa del tesoro de Benito Soto. Ha sido la canción más cantada, que se ha convertido en un auténtico himno del Carnaval y señal de identidad, no solo de la ciudad de Cádiz, sino de toda la provincia.

sábado, 3 de octubre de 2020

EL ESTRECHO DE GIBRALTAR Y EL DÓLAR

 

Muchas de las personas que vivimos en la comarca del Campo de Gibraltar no somos demasiado conscientes de la importancia natural e histórica del lugar que habitamos. La zona representa una crucial intersección de caminos entre dos continentes, Europa y África y dos grandes masas de agua, el océano Atlántico y el mar Mediterráneo, que se comunican a través del angosto paso del Estrecho de Gibraltar. Ello significa un pasaje de importancia singular si consideramos que es uno de los principales corredores migratorios tanto de aves, en dirección Norte-Sur, como de fauna marina en el eje Este- Oeste, en ambos sentidos según la estación del año.

   Y si nos centramos en la importancia histórica,  la privilegiada situación de nuestra tierra ha supuesto a lo largo del tiempo la sucesión de una amalgama riquísima de culturas, plagadas de acontecimientos y  hechos significativos cuya relación detallada ocuparía cientos de volúmenes.

   El símbolo destacado de la comarca son las columnas de Hércules, constituidas en la parte Norte por Calpe, en la actualidad el Peñón de Gibraltar y en la parte Sur por Abila, el monte Mussa (algunos historiadores consideran que sería el monte Hacho, en Ceuta, pero basta acercarse navegando al Estrecho desde el mar de Alborán para desestimar esa hipótesis, dado que prácticamente no se divisa comparado con la inmensa mole de la montaña vecina).

  La mitología griega explicaba la formación del Estrecho como uno de los trabajos de Hércules, quién, obligado a traer el ganado de Gerión desde las islas Gadeiras (actual Cádiz), abrió las puertas del océano y puso las columnas a modo de monumento en memoria de su gesta.

“fue el mismo Hércules quien separó los dos montes unidos (Abila y Calpe) como una cordillera continua y que así fue como al Océano, contenido antes por la mole de los montes, se le dio entrada a los lugares que ahora inunda: desde aquí el mar se difunde ya más extensamente y avanzando con gran fuerza recorta las tierras que retroceden y quedan bastante más alejadas”

            Pomponio Mela. Corografía, I5, 27

   La simbología de las columnas ha formado parte de numerosas representaciones, desde la delimitación del mundo antiguo conocido, hasta la inclusión de las mismas en escudos reales con el lema Plus Ultra, desde que la utilizo el rey Carlos I de España y sus descendientes, en escudo de armas de la nobleza y en representaciones de varias ciudades de Latinoamérica (Veracruz, Potosí, Trujillo, Tabasco, San Diego).  Forma parte significativa del escudo de España, del emblema de Andalucía, de la ciudad de Cádiz, de San Fernando, de Extremadura y de Melilla (curiosamente con el lema Non Plus Ultra)

   En el apogeo del imperio español, se representaban las columnas de Hércules en la moneda de plata denominada Real de a ocho que fue moneda de reserva (divisa principal) en todo el mundo durante tres siglos, desde el XV al XVIII. Fue relevada posteriormente por la Libra Esterlina y después por el Dólar americano. En comparación con una moneda germánica que también circulaba por los mercados americanos, la German Thaler, el Real de a ocho fue llamada comúnmente Spanish Thaler, que con el uso paso a Daller y finalmente a Dólar, nombre que mantuvo la moneda oficial americana hasta la actualidad.

   ¿Y qué tienen que ver nuestro Estrecho y las columnas de Hércules con la moneda americana?  En una simplificación simbólica, las dos columnas se convierten en dos líneas paralelas y la cinta las envuelve en forma de S. En el símbolo del dólar encontramos a la que es, sin duda, la mejor representación de nuestro Estrecho y nuestra comarca: las columnas de Hércules.

jueves, 13 de septiembre de 2018

Ley de protección a la inteligencia, la razón y la ciencia


¡Quemadlo! ¡Quemadlo en la hoguera!  Eso es lo que desearían algunos zamurdos, borricos y estúpidos fanáticos religiosos que han conseguido que arresten al actor Willy Toledo por injuriar a dios y a su madre. Lógicamente, al poco estaba  el hombre en la calle pero el ridículo internacional ya no tenía remedio.  Medio mundo descojonado de risa. Las mentes prodigiosas de esta iglesia  hipócrita, cruel,  falsa y pederasta seguramente se lamentan de no poder hacer ahora lo que han venido haciendo durante siglos: acabar con todos aquellos que osan hacerles frente y poner en solfa sus irracionales dogmas.  ¡Tenemos que seguir siendo la salvaguarda espiritual de Occidente, que para eso ganamos una guerra! se autocomplacerán algunos.
Esta estúpida, irracional, castrante, irritante  y anticonstitucional ley de ofensa al sentimiento religioso encuentra su parangón en países de alto desarrollo cívico y social como Arabia Saudí, país con el que nos llevamos de maravilla, pues coincidimos en muchos de los enfoques sociales y religiosos, además de intercambios comerciales e industriales como el AVE, los barcos de guerra y bombas, muchas bombas ( pero que sepáis que son para autodefensa, no se vayan a creer que es para bombardear civiles y mucho menos niños inocentes en Yemen)
Dado el nivel de cachondeo de las leyes de este país que se pasan por el Arco del Triunfo ciertos valores de la democracia como es la libertad de expresión (una cosilla sin importancia vaya,  de hecho es lo primero que se cargan las dictaduras cuando llegan al poder), yo me atrevo a seguir la guasa proponiendo una nueva ley: Ley de protección a la inteligencia, la razón y la ciencia. Esta ley se encargaría de sancionar y castigar ejemplarmente a todos aquellos que ofenden al uso adecuado del cerebro y al raciocinio más elemental.
Para aplicarla, he aquí algunos ejemplos que a mí me ofenden:
A los que adoran a una imagen  de palo y yeso creyendo firmemente en sus poderes sobrenaturales.
A los que les dan medallas a estas imágenes.
A los que las nombran alcaldesas perpetuas.
A los que se apoderan de las calles públicas durante una semana para pasear sus imágenes.
A los que no se dan cuenta que han sido adoctrinados de pequeños y que serían fervorosos practicantes de otra religión verdadera si hubiesen nacido en otro lado (Inglaterra, Marruecos, India, Nepal, Chad, Vanuatu, etc.)
A los que adoctrinan a los pequeños. (He leído que en Islandia no se permite el adoctrinamiento religioso hasta los 21 años, buen ejemplo a seguir)
Peor todavía: Hacer lo mismo pero en escuelas e institutos. Dejadlo para la Universidad, donde los chiquillos ya pueden pensar un poco por si solos.
A los que se aprovechan de la inocencia e indefensión de los menores para saciar y dar salida a la peor perversión sexual que existe: la castidad impuesta para los representantes de su dios.
Y así podríamos seguir con un larguísimo etc., que no continúo para no cansar. Ya sabéis, si os mola la idea, proponédsela a vuestros representantes políticos que, a no dudar, se pondrán mano a la obra de forma inmediata. Tened confianza, este es un país civilizado ¿no?



Compártelo